miércoles, 22 de diciembre de 2010

Así me enteré

Enseñanzas de vida, por Omar Wellington Tavares. Hoy: ‘Así me enteré’.

En mi vida he tenido grandes momentos de revelación. De esos que te marcan por siempre, cuando se siente como si te quitaran un velo de los ojos que siempre tuviste y ves un mundo nuevo. Y por fin entendés cosas que tendrías que haber entendido siempre. Esta es mi lista personal, de la cual he aprendido mucho. A veces la gente se sorprende con mis historias, pero tengo límites. Nunca me pasaría, por ejemplo, que me robaran medio millón de dólares sin darme cuenta. Aunque soy distraído, tampoco lo soy tanto.

Siempre me gustaron los niños. La risa, la alegría de vivir. Por eso cuando mi hijo mayor, de chico, trajo un amiguito a casa, y pasaban todo el día juntos, me alegré. Era uno de esos personajes que estaba todo el día en casa, pero no había justificación real para que estuviera. Como JT en ‘Step by step’. Después lo dejé de ver, pero apareció mi hija con un noviecito. Pero yo veía que nunca se hacían mimos. Su trato era completamente fraternal. Sospeché algo raro, pensé en mandar a mi hija al psicólogo, pero antes le pregunté. ¿Por qué tenés esa relación con tu novio, así, tan distante, tan enfermiza? Y me contestó de forma muy clara: “No es mi novio, es mi hermano, tu hijo, Papá. Largá al Fox Sports.” Así me enteré que tengo un hijo de 30 años.

Yo volvía siempre tarde de trabajar. Siempre en la concentración o en las prácticas, buscando ese punto extra de rendimiento que te ayuda para llegar a la tan esquiva victoria. Nunca había nadie en casa. Siempre estaban todos durmiendo, o se habían ido a trabajar, o estaban de vacaciones. Yo tenía horarios raros. Mi mujer siempre me dejaba cena de microondas para comer. Recuerdo las noches pasadas descongelando lasagnas que nunca se calentaban bien. El centro siempre quedaba congelado. Un día, no hubo más lasagnas. Pensé que mi mujer había entendido por fin que eran imposibles de descongelar, aunque no se lo hubiera dicho nunca porque nunca la veía. Yo tenía horarios raros. Claro, habría estado bien que las hubiera reemplazado por algo. Ahí empecé a pedir comida fuera. Un día, mientras esperaba esas muzzarellas, suena el teléfono. Atiendo. Era mi mujer. Me decía que porque seguía en Montevideo, si todos se habían ido a Qatar, donde yo había firmado contrato para dirigir ese año. Que hacía dos meses que todos me esperaban. Me dijo que dejara de ver Fox Sports. ¿Qué voy a hacer? Soy distraído. Así me enteré que ese año me tocaba trabajar en Qatar.

El año del mundial fue muy especial para mí. Ir al mundial es el sueño de todo jugador, y de todo director técnico. Aun más si lográs cosechar un buen resultado para tu país, producto del trabajo y el esfuerzo. Llegué y trabajamos días de días, nos enfrentamos a un público hostil, pero partido a partido, fuimos cimentando el funcionamiento del equipo y llegamos lejos. No salimos campeones, pero llegamos muy lejos. En el vestuario lo miro a Diego, para hablarle, porque estaba triste, lo miro bien, y ahí me doy cuenta que era un asiático. Y pienso: “No, pero Diego no es asiático. Es rubio y tiene ojos grandes.”. Pregunté y me dijeron que me veían muy distraído con Fox Sports. Así me enteré que en el aeropuerto me equivoqué de avión y que en lugar de ir al mundial me había ido a Filipinas.

1 bomba(s) no tirada(s):

Melannie dijo...

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Melannie .

 
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