viernes, 6 de febrero de 2009

Columnista Invitado - El Hacker

Por Wilson Salaberry Apartamentos.

Iván Velázquez, argentino, de 29 años, hace meses que esta viviendo en Uruguay tras haber pedido asilo político porque esta amenazado de muerte en Argentina. Es espía de la SIDE y según él sus mismos compañeros lo buscan para matarlo por tener secretos terribles, obtenidos cuando intervino las casillas de correo de funcionarios del gobierno argentino como Alberto Fernández, de políticos de la oposición y de jueces de la corte suprema, aproximadamente 900 cuentas de correo electrónico en total Además es experto en terrorismo Islámico y fue director de contrainteligencia de la Policía de Seguridad Aeroportuaria de Argentina.

Aun con ese siniestro prontuario lo alejamos en nuestro bello país, en nuestro Uruguay que acoge a todos con los brazos abiertos. ¿Y como nos agradeció este canalla? Con una verdadera dentellada de ingratitud. Primero fue procesado por coimear a un agente de migraciones para que el trámite de su residencia saliera más rápido. Algo típico de un espía de elite como el. Pero no le basto con eso. La infamia no tiene límites al tratar con seres como él.

Mientras tramitaba la tenencia de un arma en la Oficina de Contralor de Armas pudo comprobar la humildad de los sistemas computacionales que usamos en el Uruguay, ya que es sabido que aquí la principal arma del policía, que es lo que verdaderamente importa, es su dedicación y su buena voluntad y no el dinero o la tecnología, que son cosas de países copetudos que no dan valor a lo que es el ser humano. La licencia le fue otorgada “por falta de equipos adecuados”. Algo perfectamente lógico en un país como este donde todos nos conocemos y la gente duerme con las puertas de la casa abierta.

Aquí fue cuando este “hacker” ofreció realizar la donación de un software para registrar los usuarios de las armas. Un software hecho por el mismo. Y la policía, un organismo que lo único que puede esperar del gobierno son fotos de su ministro retozando en el agua de la ducha, aceptó. Porque cuando uno no tiene herramientas para desempeñar su noble labor, acepta lo que tiene al alcance de la mano. Y dando un ejemplo a todos nosotros: ¿a la policía le importo que este muchacho fuera un ex agente de la SIDE? ¿Le importo que mintiera y dijera cualquier verso? ¿Le importo que fuera un hacker mundialmente famoso? Y aun más, ¿le importo que fuera argentino? No. Porque acá, en este país donde los valores se mantienen y se respetan, todos tienen una segunda oportunidad, hasta los argentinos. Y no había motivos para dudar de el. Ninguno.

Así es como al tiempo el sistema que el “hacker” había donado, falló. Y la gente de la OCA pensó lo que todos pensaríamos. “Este “hacker” de la SIDE que lo buscan para matarlo es un buen muchacho. Para que vamos a llamar a otro pibe de la internets. Si total este ya nos instalo el sistema. El es el que mas sabe de esto. Llamémoslo a el para que lo arregle.”. Y ahí se le presento la oportunidad de llevar la ignominia a niveles insospechados: se robó la información sobre el tipo de armas en poder de 60 policías. Sin duda para usarla con fines de lucro, pensando solo en si mismo y no en la sociedad. Y el, un “hacker” profesional, ni siquiera tuvo la decencia de robar los datos con una Hidra o alguna de esas cosas que usan los “hackers” de la vida real, que por lo menos no dejan rastros. Ahora, por culpa de esa imprudencia, esta en duda la reputación de los funcionarios de la OCA. Son sospechosos de haberlo ayudado, hombres y mujeres intachables todos ellos, sin mácula alguna.

Una situación terrible. Y yo me pregunto, ¿Dónde esta la ministra? Al Uruguay del futuro, que apuesta a la juventud, a la tecnología, al agro, no le pueden pasar estas cosas. Yo me pregunto: ¿hasta cuando?

1 bomba(s) no tirada(s):

Alessis dijo...

Excelente.
No me extrañaría que muy pronto se puedan ver por ahí fotos porno de la ministra, que estaban guardadas en su máquina. Lo peor es que ella se regala poniendo cosas y llamando la atención.
Y mientras tanto ella anda a caballo...
(Lo último no tiene relación con lo primero, claro, no piensen mal.)

 
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